Los días hábiles, de Carlos Catena Cózar. (Reseña)

Delante: Los días hábiles, de Carlos Catena Cózar. Detrás: una información, dirigida a mí, que me predispone, y estas son: poesía Hiperión y, para ser más exactos: “XXXI PREMIO DE POESÍA HIPERIÓN”. Me da igual, casi no me importa, prefiero la cita con la que se abre el telón:

“Bien comío y bien bebío”.

Me trae a casa, a mi abuela, a mí después de terminar el plato de lentejas y a ella sirviéndome más cuando ya le he dicho que no quiero más.

 

“intento construir una casa donde quepa mi abuela

[…]

he colocado una estampa de su virgen en mi escritorio

[…]

sentada en su sillón mi abuela observa

cómo el vaso estalla entre mis manos”.

 

Ahora te veo, te tengo frente a mí y me hablas. Como un “Angry Young poet”, como una generación que no sé ubicar en el tiempo, casi un espejismo, pero yo estoy ahí dentro.

 

“la mayor hazaña del hombre moderno

es cotizar hasta jubilarse”

 

Bajo para preguntarle a mi padre con qué edad empezó a trabajar. Me dice que con diecisiete años. Me entra miedo, mucho, de no llegar a su edad y poder estar sentado en un sofá. Te sigo leyendo Carlos.

 

“soy consciente

de que no hay libertad

en el acto de pedir un helado

frente a la cartelera de un cine

o a la hora de elegir una carrera universitaria”

 

Bajo de nuevo a preguntarle a mis padres por qué empecé a estudiar Farmacia. Si sabrían decirme por qué tardé cuatro años en dejarla, en cambiar de carrera. No saben, yo tampoco sé. Me voy al baño a lavarme la cara. Sigo.

“cuando la familia apenas viva en la misma franja horaria

quién se acordará de las vírgenes

que velan por la salud de las madres solas”

 

Espera ¿por qué no me voy? Mi madre no es religiosa, no tengo vírgenes, ella tampoco ¿o sí? No debería preguntarles más, ni a mi madre ni a mi padre, creerán que no los conozco. Pero es que tengo dudas y necesito respuestas. Ahora o cuándo. A ver, Carlos, dime.

Sigues, sigues con las familias, las jornadas, las labores, los cuerpos que andan sin saber hacia dónde. Quieres contarme una cosa que yo vivo, me lo susurras al oído y se me pone la piel de un color que no es el natural. Me entiendes y yo a ti. No nos conocemos, pero sabemos que hay un espacio, quizá abstracto, que como niños perdidos circundamos.

 

“envidio del enfermo la resignación y lo dócil

su determinación a obedecer

que no pueda elegir si seguir vivo”

 

Me acuerdo, al leer esto, de los cuadernos con “mi mamá me mima”. Siempre lo he relacionado con el cuidado, pero a la vez con la enfermedad. Salir a vivir es un poco eso: enfrentar la enfermedad de la realidad, la enfermedad de la vida. Desprotegidos, ya un poco malheridos.

No quiero seguir copiando tus poemas, ya sabes, exactamente, lo que has dicho. Sólo te repetiré uno más:

 

“desprovisto de elocuencia

puesto en este escenario

con la boca cosida y sin saliva

sigo sus manos como el perro mira a la carne”.

 

Nadie sabría sentenciar, firmemente, cuál es el sentido de la vida. Sí la finalidad: morir. Quizá con dignidad, satisfecho, o, como en la cita del principio: “Bien comío y bien bebío”. No hay más. Para ello hay que ir aceptando, poco a poco, una serie de reglas, pasar por etapas, elegir y odiar. Quizá amar.

Carlos habla de todas ellas, en una especie de diálogo consigo mismo en que trata de desentrañar una de esas partes en la existencia de uno en la que se salta de la juventud a la adultez, en la forma más seca y mustia, ya que el mundo de la fantasía se endurece y se vuelve una masa oscura que lo cubre todo: el servicio a la vida. El trabajar para comer para una casa para unos hijos para una cosa que no sabes qué es.

El ejercicio de mirar a los mayores es incluso más crítico, más atractivo. La imagen de la abuela nos sirve para diferenciarnos de una generación que no pudo elegir, y lo menciona Carlos como algo nada apacible, ya que no es una ventaja en sí misma el poder decidir una vida entre muchas, es un acto de exigencia y contentación para los demás, para los que te lo permiten. Por eso, la dureza de las voces hacia esos progenitores, ejemplificando sacrificios, es una manera sencilla de dictar críticas hacia el que exige desde la seguridad de saber que está donde tiene que estar. Porque no había más. Y eso, aunque cueste creerlo, es un lugar, y no la nada en que se devora este poeta de Los días hábiles.

 

He visto la caída de los símbolos, la memoria, a una generación enfurecida, el autoengaño, el capitalismo, el talento, la equivocación, la nostalgia, el endurecimiento, el miedo, el daño, el sexo, la espera. Todo eso, y quizá todo eso quede para mí lejos de lo que me ganó desde el primer momento: la velocidad. Creo que eso nos define hoy, la necesidad de empezar y acabar en un mismo aliento, y esa poesía sin pausas es un ejemplo claro del cambio. De aquí, a la nada, pero, en medio, cosas tan maravillosas como este poemario de Carlos Catena Cózar.

 

 

 

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